La actividad kiosquera atraviesa uno de sus momentos más críticos. Según datos de la Unión de Kiosqueros de la República Argentina, en el país cierran alrededor de 50 kioscos por día, lo que equivale a unos 1.500 por mes. En el último año, más de 20 mil locales dejaron de funcionar y actualmente quedan menos de 60 mil en actividad, una cifra que enciende alarmas sobre el consumo interno y la supervivencia del comercio de cercanía.
El impacto se siente en el corazón del entramado barrial. La combinación de inflación sostenida, caída de ventas y aumento de costos fijos dejó a miles de pequeños comerciantes en una situación límite. En un contexto donde el volumen es clave para sostener márgenes mínimos, cada baja en el consumo golpea de lleno en la caja diaria del kiosco, que depende en gran medida de la compra impulsiva y frecuente.
A este escenario se suma la competencia de supermercados y grandes cadenas, que incorporaron productos tradicionalmente asociados al rubro kiosquero, pero con mayor poder de compra y mejores condiciones comerciales. Desde el sector advierten que la competencia es desigual y que el margen de rentabilidad prácticamente desapareció.
Cada persiana que se baja implica mucho más que un negocio menos: detrás hay familias que dependen del autoempleo, alquileres que sostener y proveedores que también ven resentida su actividad. El fenómeno no solo refleja una coyuntura económica adversa, sino también una transformación más profunda del esquema comercial urbano, con mayor concentración y menos espacio para el pequeño comerciante.

































